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miércoles, 3 de septiembre de 2008

Psicología del amor

Hoy llegué con una novedad a casa. Me había encontrado en mi camino obsoleto, una radiante perla amorfa. Era como una gota vacía, una burbuja luminosa. Lejos estaba de saber que me había topado, por vez primera, con eso que llaman "amor".
Durante unos días me dió por explorar aquélla gota. La tocaba, la acariciaba, e incluso en ocasiones, la golpeaba. Llegué a dormir con ella a mi lado, o sobre mi pecho desnudo. Incluso hice el amor con ella. Y en ese momento surgieron mil formas más. Era una lluvia de luz, de ilusión. Era color en las paredes, reflejos poéticos estrellándose en mi faz. Era mi cuerpo una esfera de discoteca, y mi sombra bailaba desprendida de mí. No había orígen alguno en aquélla danza luminosa, tan sólo un orgasmo pleno había escupido por todos los poros de mi cuerpo, destellos de esa magia del primer amor.
Para mí, el amor es una poesía incapaz de tomar forma certera. Es una partitura, una mancha sublime al alma. Es hervir los pensamientos más profundos.
El amor es rellenar abismos, recuperar cada suspiro existencial y empezar a respirar. Es quedarse ciego y comenzar a olfatear. Tocar, derretir la piel. Entregar la plenitud a un estado posterior.
El amor es un caldo rojizo de arterias y venas reventadas. Es el derrame por el cual la vida ha de subsistir.
El amor es lenguaje, tacto; susurros bajo el manto copular. Es destino y reivindicación.
Pero qué le vamos a hacer...el amor que me tocó cargar fué ave negra, desplazamiento vertical encendido en llamas. Retrospección banal. Condenarse a la tortura de piel putrefacta. Depositar el alma y volver más tarde por un corazón marchito.